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—Empieza el juego en el «La casa infernal», pero ten cuenta que todo vale. No hay reglas. Los vampiros pueden ser demonios abrasando tus entrañas. ¡Piénsatelo! Si empiezas el juego, tendrás que terminar. Huye, aún estás a tiempo, o, atente a las consecuencias.

Las palabras de Raúl a pesar de parecer una amenaza sonaban demasiado tentadoras para negarme. Incluso la voz de ultratumba que puso, me gustó.

—Que no Raúl —insistí —me quedo. Mis amigos dicen que es un juego que no puedo perderme y Halloween es un día excepcional para ello, y (…) resulta que es hoy.

—Está bien, te advertí. A partir de ahora no somos amigos. Quedan cinco minutos para llegar al bosque. Suerte. Salió por la puerta como alma que lleva el diablo.

Me quedé pensativo unos segundos. ¡Tampoco creo que sea para tanto! Me dije.

Horas después de mi salida de la casa infernal oí un grito. Me oculté tras un frondoso árbol. Esperé. A los pocos minutos vi como Alberto arrastraba el cuerpo inerte de un joven cuya melena pelirroja, tenía el color de la sangre. Por lo visto le clavó el cuchillo en el pecho y después le cortó el cuello. Me encogí de tal forma que ni un mosquito habría podido verme. Pero tuve claro que debía atraparlo y acabar con él, antes de que me encontrase. Le seguí. Arrastró el cuerpo hasta una zona entre varios árboles cuya espesa maleza le permitía cubrir los cadáveres sin que fuesen vistos. Conté tres personas, para mi sorpresa uno de ellos era Raúl. Sentí una punzada en el estómago y tuve que cubrirme la boca para evitar las náuseas. ¡Caray con el tipejo! Pensé. Menudo elemento. Comprendí que sería él o yo; así que mejor él. Con mucho sigilo y lentamente para no ser descubierto me fui acercando. (Crujido) ¡Maldita sea!

Las hojas le alertaron. Quedé inmóvil. Alberto miraba en todas direcciones. Se paró en seco justo observando hacia el lugar donde me escondía. Me ha visto, pensé. Quise salir huyendo, pero fue muy hábil y con suma rapidez ya estaba detrás cuchillo en mano dispuesto a matarme. Cogí una rama gruesa y abrí mi faca. Luchamos. Era bueno el muy cabrón. Logró hacerme un tajo en el brazo, pero me giré con rapidez y le clavé mi faca en el estómago en el mismo momento en que golpeé con fuerza su cabeza y lo derribé. Después volví a golpearle más fuerte, una y otra vez hasta cerciorarme que no respiraba. Restos de su cráneo acabaron en mi camisa. Recordé la caja de vino que llevaba en el maletero, y el hacha; si, me dije, es perfecta. 

El frío húmedo del invierno calaba mis huesos. Eché una última mirada a la caja que me disponía a enterrar. Qué irónica mueca la de su rostro. —Lo hago a sangre fría, pero con cariño—murmuré. Una extraña sensación de júbilo apareció en mi corazón al ver el cuerpo troceado de Alberto. Sus noventa kilos puro músculo de nada le sirvieron ante el hipnótico que le administré mientras tomábamos una cerveza en el club, el muy bobo ni siquiera sospechó. Me apresuré a enterrarlo y justo cuando regresaba al automóvil oí un ruido. Un cazador salió de entre los árboles. Me pregunté cuánto tiempo habría estado allí. Sonreí cómo si nada.

—¿Se ha perdido usted, caballero? —dijo.

Pero estaba seguro de que disimulaba a la espera de que tuviese un despiste para abordarme al igual que otros dos tipejos que intentaron sorprenderme y que yacían en el fondo del lago junto con su armamento pesado.

—Busco una cabaña que alquilé y que se supone estaba por aquí, —mentí.

El hombre puso cara de intriga. Dudó durante unos segundos.

—Qué raro. Conozco la zona y no recuerdo que hubiese ninguna por aquí.

—Pues podría usted llevarme al pueblo más cercano, igual me confundí, ya volveré por mañana a por mi automóvil, tal vez a la luz del día me aclare.

—Por supuesto.

Subí a su coche y nada más arrancar hice como si estuviera mareado. El hombre me ofreció una bolsa de papel. —No vaya a vomitar en mi automóvil —dijo contundente.

En cuanto giró para salir del bosque hacia la carretera, cogí la escopeta y le pegué un tiro reventando sus sesos sobre el asiento.—Lo hago a sangre fría y me gusta cada vez más. —Susurré.

Hundí el automóvil con su dueño en el lago y regresé al bosque por si aún quedaba algún jugador.