Esperaba en silencio que un relámpago la iluminase. La vejez se apoderó de las ramas de su alma; la decrepitud sin el más mínimo provecho aparecía impasible con el paso del tiempo. 
Hubo un dia en que fue una flor hermosa,
y su penetrante aroma acarició los sentidos, pero el olvido impregnó sus  bellas hojas, y hoy el polvo en sus tallos reposa. Los recuerdos de la época de su juventud,
la sumergieron en una lenta melancolía,y su memoria cual presencia marchita,fue  un resquicio de su triste soledad. La luz de una vela blanca,
iluminaba las sombras de su habitación, con una suave oscilación, dónde  parecía que se había detenido el tiempo. Colores rosados y verdes, resplandecieron,
en los albores de su ocaso, y una señal renació en su interior, despertando añoradosinstintos, en su cansado corazón. Ahora la vejez le parecía un juego de seducción,
y una sonrisa albergó su resignación, y a pesar de que sus parpados se volvieron pesados, todo fue un sueño que se le escapó entre las manos.

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El decálogo de vivir

La primera vez que la oí pronunciar aquella frase, le pregunté su significado; ella, me miró y la frialdad de sus ojos me hizo estremecer.
—Pero, ¿qué, quieres decir?
Vaciló durante unos segundo antes de continuar, tras los cuales sonrió sarcástica.
—Eres una ignorante. Significa, que nada ni nadie está preparado para lo imprevisto de los sentimientos, ni mucho menos para un cuento de hadas que termina nada más empezar. Créeme. No, ironizo, el corazón se resquebraja en su dura realidad.

La miré asombrada. Sus palabras reflejaban el despecho de una mujer que había sufrido, pero al mismo tiempo, mostraban la imagen de una mujer fuerte como una roca.

—Bueno Sandra, ya está bien de paranoias—dijo Martina con seriedad—tengo dos hijos maravillosos, soy feliz, y tengo una vida que yo misma he fabricado, así que.
¡Viva la dolche vita!
—¡Viva!—respondí, sin más.
En aquel momento Martina…

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